martes, 16 de agosto de 2016

Los ciclos de la vida










Se cierra un ciclo, se abre otro. Es un nuevo capítulo del libro de la Vida, pero todavía no está acabado. La incertidumbre se cierne sobre el escritor, expectante se pregunta si este capítulo, el último, tendrá un buen final o, más bien, sólo será el fruto predecible de la cotidianidad elevada a decrepitud? de lo físico sí, naturalmente, pero y de lo otro? Ese otro que abarca un mundo, todo su mundo ¿desaparecerá en un agujero negro de desesperanza? No, eso no tendría sentido, o así lo cree el iluso escritor, negándose a aceptar que los anteriores capítulos eran tan erráticos que lo han conducido a un punto muerto, al vacío, al abismo de lo absurdo, y aún aceptando esto como una certeza, ostentosamente vergonzante de su propia ineptitud con la pluma, lo cierto es que todos los anteriores capítulos ya fueron publicados por entregas. Imposible reeditarlos. Cómo afrontar, pues, su último capítulo? Le podría dar rienda suelta a todos los personajes de su obra, anarquía total, y a ver cómo sale el experimento, a fin de cuentas la pluma es suya, con unos cuantos tachones puede desbaratar al más indolente de todos ellos, enaltecer al callado y solitario bonachón o matar de un plumazo al malvado bravucón. También podría darle un final triste e inesperado, pero eso sería traicionar al personaje central de su obra. No, definitivamente no. Si después de tantos capítulos, en los que su personaje se ha batido en duelo con la estupidez humana, la intolerancia, la ignorancia y demás miserias que adornan a los hombres, lo menos que se merece es un final tranquilo, alejado de la gente y, a ser posible, en una isla con sol tropical, rodeado de gente alegre, sin la mala leche de los frustrados y envidiosos de lo ajeno.
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De pronto despertó en una isla, ya no tenía que acudir a la oficina, ni enfrentarse a los subordinados, algunas veces insubordinados más bien, otras, las menos, grandes personas y colaboradores serios y respetuosos con el trabajo. Dejó de luchar contra  los días grises, fríos, contra la gente que acudía, generalmente acuciada por problemas que, normalmente,  ellos mismos se buscaban y cuyas consecuencias no asumían; ya no tenía que proporcionarles su asesoramiento por el atolladero en el que se habían metido. Había desconectado. Su principal interés se basaba en contemplar la vida, las cosas que sucedían ante sus ojos, contemplar el amanecer cada mañana, ese sol que, tímidamente al principio, se asoma entre el mar y el cielo, tiñéndolos de rojos oscilantes, realizando promesas ante los ojos  que lo contemplan, aún  somnolientos, promesas de un advenedizo día preñado de risas o de llantos, de esperanzas o desesperanzas y de un vivir muriendo;  pasear por la playa con su fiel perra labrador, lanzarle la pelota una y otra vez, viéndola correr por esa arena negra cuyas olas bañan la playa cada mañana, incansables como ella que las brinca alegre, hermosa, gozando sin más de todo cuanto la rodea. Cuantas veces -se pregunta- deberían tomarse los humanos así la vida, caminar sin más, disfrutando de lo que el día nos depara, bueno o malo, gozarlo sin cuestionamientos que escapan, la mayoría de veces, a sesudos razonamientos. 

Daba gracias a Dios cada día, inexorablemente, por su gran fortuna. La vida estaba a su alcance, o lo que sea que le restase de ella, otros se habían quedado por el camino, jóvenes todavía, con muchos años por delante, o eso creían hasta que les fue cercenada, de golpe, sin previo aviso, truncando planes y sueños. Porque la Vida, a fin de cuentas no era más que eso,  un caminar incesante, a veces por suaves arenas y prados, otras por senderos pedregosos y encrespados, el secreto se hallaba en ponerse el calzado adecuado; en no escalar cimas imposibles, ni navegar a contracorriente, dejando el sabio fluir de la vida mecernos suavemente. Pero no siempre había sido éste su pensamiento. Repasaba capítulos de su existencia, que ahora concluía como no existencia, ese devenir de propósitos cargado de ignorados despropósitos, ese correr sin tregua, esa lucha denodada hacia metas desgastantes, esa infelicidad buscando lo socialmente aplaudido y alentado, esa ceguera de la ignorancia hábilmente manipulada por los poderosos "miserables";  ese derroche de energías perdidas en absurdidades; esa desmemoria de lo natural, de lo realmente importante, a fin de cuentas, irremediablemente,  esa pérdida de Vida. 

Se puso a pensar ¿qué legado podría dejar para que otros, jóvenes aún,  no cayeran en las mismas trampas, en los mismos errores?  Pensó y pensó, pero no le hallaba solución: a) cómo se les puede desprogramar frente a un sistema poderosísimo, programático  y colectivo?;  b) cómo hacerles ver que se creen libres pero que en realidad son más esclavos que en toda la historia de la humanidad?;  c) cómo convencerles de que la felicidad no reside en las cosas ambicionadas, sino en el interior de ellos mismos?; d) cómo convencerles, frente al materialismo imperante, que sólo volviendo a nuestros orígenes, a la Naturaleza, a la búsqueda de la paz interior, a la comunión con los demás en el amor, la amistad, la comprensión, la bondad y la compasión, recuperaremos nuestra verdadera esencia como seres humanos? 
No hay salvación? -se preguntaba-  estamos abocados a la destrucción, tras el sufrimiento infinito?

Tantos filósofos lo habían intentado, a través de su sabiduría, que llegó a la triste conclusión de que nada podía hacer alguien tan humilde, para evitar el aniquilamiento, por estupidez, de la raza humana. En realidad no hacían falta tratados filosóficos para que prendiese la luz en la mente humana, únicamente había que observar el comportamiento de los animales, los cuales nunca perdieron su sabiduría genética e instintiva, e imitarlos para obtener la felicidad y la conservación de la Naturaleza y, por ende, de la Vida.

Nada podía hacer, solamente en su manifiesta incapacidad le quedaba como única opción tratar de hacer más felices a cuantos le rodeaban, ya fuera animales o personas. Eso y llorar amargamente la  impotencia de no haber podido, o no haber sabido, o por lo menos haber intentado,  evitar tamaña aniquilación de la mente humana. El "mundo feliz" había llegado sin muchos aspavientos, casi a hurtadillas. Los alfas, unos pocos poderosos, miserables por más ende, manipulaban y dirigían la vida y destino de los betas (la inmensa mayoría).

Una infinita amargura inundó su alma, se sintió un ser pequeño, insignificante, a merced no ya de las catástrofes naturales, las cuales en su natural justicia ponen al hombre en su sitio, sino a merced de los "miserables", de los sin alma, aquellos que no ven a las personas como seres humanos que sufren y padecen, y menos aún como sus iguales, para ellos sólo son cifras, dividendos, ganancias sin límite. Y entonces qué? hay un Plan Superior que nos brinda la oportunidad de ganarnos una Vida mejor, eterna, a través del sufrimiento en ésta?;  son los "miserables" el brazo ejecutor de ese Altísimo Plan? y, si es así, cuál es su premio? la vida padre en esta Vida y el fuego del infierno en la eterna? No lo entendía, su obtusa mente no lograba alcanzar cuál es el fin, el objetivo, y eso en el caso de que exista -que de existir, aún así no lo entendería- porque de no existir, estaríamos ante el mayor fraude de la humanidad: engaño colectivo para el vil enriquecimiento de unos pocos. En tal caso, pensó,  se debería convocar a las fuerzas de la Naturaleza para que impartan su justicia universal y aniquilen al animal, con perdón de los demás animales, más perverso que mora la capa de la Tierra. Una vocecita en su interior le confesó: "estamos en ello, no te preocupes".

Nuestro personaje, esa noche, se durmió exento de preocupaciones intrascendentes, ya nada debía hacer o intentar hacer, el ciclo final estaba escrito, visto para sentencia. El ciclo de la Vida tenía su propio plan, su propio Final. 
   


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